Bastó sólo un momento para que Fredy tomara aquella decisión. No sabía qué esperar después de hacer la llamada. Había comprado la Cuarta ese día con el sólo propósito de calentarse leyendo el consultorio sentimental, pero vio aquel anuncio de “sexo telefónico” que lo entusiasmo tanto, para que inconscientemente tomara su celular y llamara. La voz al otro lado de la línea no sonó dulce ni calentona, aunque Fredy percibiera lo contrario.
_¿te sientes solito mi amor?, pues llámame seguidito y veras como…
Fredy sintió latir más rápido su corazón, su voz salió entre cortada, pero al final se dio valor para coquetearle a la mujer. Ella con un tono de voz extremadamente excitante prometía el mejor sexo del mundo, a cambio claro está de alguna reunión cautivante y prometedora.
Cada día Fredy utilizaba el celular de su empresa, la cual, se lo había entregado con el propósito de que lo ocupara en su trabajo, y no para hacer aquellos llamados. Desde que se fue a vivir solo, él buscaba este tipo de contactos, quizá no con mucha fortuna hasta que decidió llamar un día por los anuncios de sexo que a menudo aparecían en la prensa. Fue extraño y potente para Fredy, el haber abandonado la compañía de sus amigos en un principio, eso lo perturbó, pero era algo que necesitaba hacer, de una vez por todas. Las conversaciones cada vez fueron tomando matices distintos, ya no se limitaban a la simple adulación sexual por parte de la mujer, ella en cierto modo sentía simpatía por Fredy, ya que él llamaba casi todos los días para poder escuchar su voz. La mujer le preguntaba a menudo si tenía polola, pero éste le respondía que hace tiempo había terminado una relación sin mayores resultado.
_pero me enamore de verdad, ella era especial, salíamos todo el tiempo; íbamos al cine, visitábamos amigos, comíamos incluso en los chinos, pero tu sabes los celos terminan por acabar, incluso, con la mejor de las relaciones. En cierto modo la desconfianza que ambos sentíamos por el otro, nos llevo a ese final.
_¡qué pena mi vida!, ¿y uste haría lo mismo conmigo si yo fuera su polola, o sea, eso de los celos?_repetía la voz cada vez que Fredy insinuaba cierta calentura a través del tono de su voz.
_ no creo ser capaz de llevar otra relación, aunque fuese con una…,y, ¿vivís en Valpo tú?
_oye no me mirís a huevo poh huevón, te disculpo solamente porque me llamai siempre, y sí, vivo en Valpo en el cerro Cordillera, con mi mami y mi abuela, las quiero caleta a ellas dos, no sabís cuanto.
Cuando los minutos del celular de Fredy se terminaban de improviso, éste se molestaba, comía algo y se corría una en memoria de aquella voz que cada vez le encendía más la imaginación hasta el punto de querer conocerla. Pero algo lo impedía, quizá era su natural timidez a pesar de tener un trabajo que le exigía cierto contacto social. Algunas veces pensaba en invitar a salir a alguna vieja rica que se le cruzara por los tours de la tercera edad que él coordinaba en cada hotel que tenía que visitar, pero también estas ocurrencias no se concretaban.
Aquella tarde después de salir del trabajo a las cinco, tomó su teléfono y llamó. Esta vez contestó otra voz, una voz más dulce y misteriosa, pero a la vez se notaba la juventud al otro lado de la línea. Fredy colgó de improviso , se sentó un momento en la plaza de Viña, miró a su alrededor, vio gente pasar con las miradas perdidas y pasos firmes. Volvió a marcar: la misma voz que decía; “¿¡hola, estás ahí mi vida!?”. El sudor pasó frío por su frente, su corazón latió aun más de prisa que la primera vez, sintió sangre correr entre sus piernas; dijo: “hola, ¿cómo te llamai?”. Después de esto la conversación se extendió por diez minutos, no se decían nada importante sólo oraciones muy cargadas al erotismo, Fredy caminó por calle Valparaíso con un paso regular, terminó la llamada y encendió un cigarrillo.
Eran las seis de la tarde y seguía de ambulando por el centro de Viña, miraba la gente, más bien observaba a las mujeres que pasaban; se imaginaba a cada una de ellas con esa misma voz, no soportaba más: pensaba mucho en aquella última voz que sintió. “No debe pasar los diecisiete la muy maraca, esta noche lo haré, pediré que nos juntemos y nos iremos a un motel”.
Al día siguiente Fredy se levantó tarde; era sábado, y no había trabajo que hacer ese día para él. Decidió llamar a su amiga María, que hace mucho que no sabía nada de ella, a la casa de ésta, pero ella no estaba, nadie contestó el teléfono, no quiso llamarla a su celular pensaba que ya no lo tendría. Fredy salió después de un par de horas a almorzar a algún restorán del plan de Valparaíso. Caminaba sin rumbo después del almuerzo, “hay que bajar la comida de alguna manera, quizás si llamo a esa maraquita que me habló ayer pueda bajar mejor la comida”, pensó Fredy con una visible mueca de satisfacción por su ocurrencia. Marcó el número en su celular, contestó la misma voz juvenil y sensual de la última vez.
_hola mi vida, ¿qué te gustaría hacerme si me tuvieras en frente?
_eso no te lo diría por teléfono… quiero verte, podríamos juntarnos.
_ah eres tú, el juguetón, hoy me hablaron de ti… yapo en qué topamos. Cuando estemos juntitos sabré si eres tan tierno como me contaron.
Sentado en la plaza de la Victoria Fredy espera la concreción de su instinto, deseaba mucho poder ver, oler, tocar y sentir la figura de aquella voz que se mostraba joven y cálida. El encuentro quedó para las seis de la tarde de ese día. Pero la ansiedad invadió la mente de Fredy, así que no podía soportar la idea de no ir y esperar de inmediato. El momento llego: eran las seis, nada pasaba. La mujer no aparecía. De improviso alguien se sentó a su lado, Fredy lo sintió y giró su rostro: era un niño que esperaba a su madre que venía unos metros atrás. La mujer miró a su hijo y éste le extendió sus brazos como en señal de auxilio.
Nueva desilusión se albergó en Fredy, pero estaba empeñado a esperar lo que fuera. Luego de unos momentos otra vez el banco en que estaba Fredy se ocupó y se sentó una persona, la cual no dejaba de hacer muecas extrañas y de repetir ciertas frases que no se entendían bien. De repente el hombre de las muecas raras le dice a Fre con un tono entre burla y seriedad: “¿busca a alguien mijo?, no sea leso no busque cosas donde no las hay”. Fredy no supo qué decir y no quiso responderle, “quizá aquel viejo…” pensó Fredy fugazmente: como queriendo poder escuchar algo que supone superación. Se le pasó por la mente irse y no volver, dejar de lado todas estas rutinas, todas estas miserias, dejar de lado por ejemplo su vida, o sea, su existencia vacía poderla transformarla. Pero eso sería cambiar. ¿Realmente Fredy quería cambiar su forma de ser?
_quisiera irme de esta ciudad, ya no la quiero como antes. De pronto dijo Fredy.
_es bueno irse y no volver y que te echen de menos, jajaja, amiguito tendría una monedita, ¡sabe!, yo sufro de una enfermedad mental, mire aquí está la tarjeta del Salvador, ya pue déme una monedita.
Fredy sacó de su bolsillo la moneda y se la entregó, el hombre se levanto bruscamente, volvió la mirada hacia Fredy y se perdió entre la gente de la plaza. La gente pasaba como los minutos y la angustia de Fredy crecía. La vista se le perdía entre las personas, algunos rostros le resultaban bellos, pero esa belleza le generaba cierto miedo, angustia algo extraño. No sabía por qué. Miraba su reloj cada cinco minutos, no obstante nada pasaba. La figura de aquella voz sabía que Fredy estaría sentado en la tercera banca frente a la pileta.
Una imagen perturbó la atención de Fredy; era la presencia de una pareja de ancianos a unas cuantas bancas a la izquierda de él. Él los miraba atentamente, el recuerdo súbito de sus abuelos recorrió su mente, los viajes con ellos, las historias del abuelo, los cariños de su abuela que muchos años atrás vivó y sintió, aquello despertó cierta alegría y nostalgia en Fredy. Sintió que quizá él podía vivir eso un día, pero no podía se auto limitaba: simplemente no lo creía posible para su vida.
Eran ya las siete y media de la tarde y la cita no se concretaba, Fredy no podía esperar más, sabía que no debía esperar más, pero aún así se mantenía en la espera. De repente se sintieron las campanas de la Catedral sonar muy fuerte, esto sacó del silencio de sus pensamientos a Fredy, éste se mostró acabado, no podía creer que ya había esperado tanto, sintió que la vida es siempre estar esperado algo, algo que no sabemos y no entendemos. Pensó en cómo explicar su existencia y sus llamados a la figura de aquella voz, quería más que nada verla, saber su forma, reconocerse en ella como el otro que es. Pero nada de eso ocurría. Decidió pararse y dar un par de vueltas por la plaza, caminó lento, contó las baldosas de un lado de la plaza. Recordó que alguna vez leyó en un viejo libro, que en el siglo XIX a los ladrones y cogoteros, las autoridades de la época a quienes atrapaba en delitos los colgaban en medio de la plaza a modo de ejemplo para que todo el mundo viera esta forma de castigo.
Después de dar como tres vueltas volvió a sentarse donde mismo; ya eran las ocho, “el tiempo pasa volando” dijo Fredy lleno de pesar porque ya veía… veía que la espera era realmente inútil, que todo lo que planeo era en vano.
Desde la Catedral María marcó su celular mientras caminaba relajadamente. Estaba nerviosa, este trabajo era nuevo para ella, sólo tenía que ser amable y consentir en todo al cliente.
_¡hola!…
La voz del hombre le sonó conocida. “Si la vida da jugarretas hoy me ha dado una”, pensó María mientras miraba a Fredy atónita. No podía mostrarse delante de su amigo e irse a la cama con él por unos billetes. Aunque se muriera de ganas de tener plata para los “monos”, no lo haría.
En el mismo momento ambos dieron la vuelta y se fueron por caminos contrarios, cada uno supo que perdió algo; quizás tiempo. Ya no serían los mismos, porqué no probar otra cosa, ¿valió la pena venir hasta acá?, pensaron y volvieron a caminar hasta donde fueran capaces de llegar.
R.L.V.
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