Siempre he vivido en esta ciudad. No me imagino otra vida que no fuera esta. Así he pasado por las noches, pobre, masticando un pedazo de pan de cualquier cosa, con que engañar las tripas era lo mejor que podía hacer.
El Juan me encontró un buen día, y nunca más me separé de su lado. Recorríamos las calles como ninguno. Yo encontraba todo inmenso, aunque nunca supiéramos bien por dónde transitábamos. El peligro era variado y estaba presente a cualquier momento, al doblar por una calle, al bajar por una escalera, al pasar por alguna población, etc.
Un día sentí un gran estruendo cercano a donde dormíamos, me incorporé flojamente, aunque preocupado por el gran ruido que sentí. No sabía porqué. Vi que Juan no estaba a mi lado, bajo las viejas mantas, entre los papeles que nos cubrían que a pesar de la noche continuaban tibios. Me incorporé y recorrí por los alrededores en búsqueda de Juan hasta que apareciera. Algo me decía que…, saliendo del callejón que conectaba con la calle principal, pude notar gran alboroto. Mucha gente estaba en círculo en medio de la calle. Habían autos policiales y una ambulancia. Me desesperé al pensar en lo peor y no ver a Juan por ninguna parte. Sabía que la presencia de Juan estaba próxima a mi. Luego de que nadie me diera permiso para acceder al lugar del supuesto accidente, ya sea por mi notable condición animal, o por alguna extraña razón supe que Juan no estaría esa noche entre las viejas frazadas y los papeles con rojos titulares.
Luego de muchos años seguí en aquella ciudad recordando a Juan y nuestros paseos por la urbe, que siempre me dio un Juan que me acompañaba en mis andanzas caninas.
2 comentarios:
me encanta esta historia, por fin la publicaste un beso
amorrrr me encanta esta historiaaaa,, me alegro que lo publicaras..
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